San Carmelo Bolta Bañuls
Carmelo Bolta Bañuls nació en un pequeño pueblo español, Real de Gandía (Valencia), el 29 de mayo de 1803. Creció en una familia de sana tradición religiosa, desde muy joven se sintió fuertemente atraído por los relatos de su tío materno, el padre franciscano Isidoro Bañuls, que volvía de su misión en Tierra Santa.
Admitido al noviciado en el Real Convento de San Francisco de Valencia de los Menores Observantes, se hizo fraile menor y fue ordenado sacerdote en 1829: una vez obtenido el permiso de sus superiores para ir a las misiones de Tierra Santa, embarcó el 20 de julio de 1831, junto con el padre Manuel Ruiz, hacia Jaffa, a donde llegó el 3 de agosto de 1831.
«Sabemos que era un hombre culto, cordial y afable en sus maneras, pero de salud delicada – continúa fray Ulises –. Por eso tuvo que dimitir tras unos meses de su cargo como superior del hospicio de Jaffa, porque el clima era perjudicial para su salud». Durante su estancia en Tierra Santa, el padre Carmelo, que dominaba las lenguas orientales, se dedicó principalmente a enseñar a sus compañeros religiosos que se preparaban para el sacerdocio en Jerusalén.
Fue guardián en Damasco durante tres años (1843-1845) y posteriormente, de 1845 a 1851 fue párroco en Ein Karem, en San Giovanni in Montana. El mes de septiembre de 1851 regresó a Damasco como párroco y profesor de árabe de los jóvenes sacerdotes: en su cargo, a finales de los años cincuenta, estuvo acompañado por el padre Engelbert Kolland, también mártir.
La gracia del martirio «En el caso del padre Carmelo tenemos un testigo visual de su martirio – explica fray Ulises –. Se trata de Naame Massabki, hijo de Mooti, uno de los tres mártires maronitas. Naame era un niño en el momento de los hechos, y se escondió en un rincón de la iglesia cuando los drusos irrumpieron en el convento».
Las últimas palabras de Carmelo fueron: “Jamás, porque Jesucristo dice: No temáis a los que matan el cuerpo, sino a lo que puede matar el cuerpo y el alma y enviarlos al infierno”. Esto es algo que tienen en común el padre Carmelo y fray Manuel Ruiz con todos los demás mártires: porque en su historia hay un momento concreto en el que aceptan esa gracia, la gracia del martirio».
Las últimas palabras de Carmelo fueron: “Jamás, porque Jesucristo dice: No temáis a los que matan el cuerpo, sino a lo que puede matar el cuerpo y el alma y enviarlos al infierno”. Esto es algo que tienen en común el padre Carmelo y fray Manuel Ruiz con todos los demás mártires: porque en su historia hay un momento concreto en el que aceptan esa gracia, la gracia del martirio».
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(Silvia Giuliano)
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