Beato Francesco Faà di Bruno



La vida de Francisco nos muestra una admirable síntesis entre  el hombre de fe y el hombre de ciencia. Nació  en Alessandría, en la región del Piamonte en Italia, el  7 de marzo de 1825. Su familia era de buena  situación económica y social y educaron a sus doce hijos  al calor de la fe, siendo nuestro beato el último  en nacer.

Era un apasionado de las matemáticas, las que estudió  con verdadero entusiasmo. Se incorporó al cuerpo de ingenieros del  ejército italiano, llegando a obtener el grado de capitán. Estando  en el estado mayor del rey Victor Manuel II, este  le encomendó la educación de sus hijos Umberto y Amedeo.  El ambiente de la corte estaba cargado de anticlericalismo y  dado que Francisco era un firmísimo creyente, convencen al rey  de que separe a Francisco de dicho cargo, pues su  influencia podía ser “peligrosa” para los jóvenes príncipes.

Francisco decide  viajar a París para perfeccionar sus estudios matemáticos, renunciando a  su cargo en el ejército. Aquí estudió bajo el gran  intelectual católico Cauchy y el gran científico, codescubridor del planeta  Neptuno, profesor Leverrier. En medio de sus estudios, el llamado  de Dios va sonando más fuerte en su corazón y  Francisco decide ser sacerdote.

Retorna a Italia y en Turín  es ordenado sacerdote. Su obispo ve por conveniente que Francisco  se dedique a la enseñanza de las Matemáticas, pues era  necesario mostrar a los jóvenes que la fe era perfectamente  compatible con el estudio de las ciencias. Enseñó en la  Universidad de Turín por muchos años, desplegando una impresionante labor  académica pues publicó cuarenta artículos en las más importantes revistas  científicas del momento. Por tales méritos recibió el grado de  Doctor por las Universidades de Paris y de Turín.

Es increíble  descubrir como un hombre tan comprometido con el mundo de  la ciencia, se haya dado tiempo para escribir algunos libros  ascéticos y también haya compuesto hermosas melodías sagradas. Turín está  recibiendo el benéfico apostolado de Don Bosco y también la  caridad del Cottolengo. Francisco aporta a este gran renacimiento de  la fe en el norte de Italia, fundando la Obra  de Santa Zita, para la promoción de la mujer. Esta  obra se convirtió en una verdadera “ciudad de las mujeres”,  pues en ella habían escuela, laboratorio, enfermería, pensionado; todo con  sus propios reglamentos y con una clara perspectiva de fortalecimiento  de la familia.

En 1867 surge en el pueblo turinés  de San Donato una iglesia para recordar a los muertos  de la guerra, por lo que recibe el nombre de  la Iglesia del Sufragio. Allí celebrará la misa el P.  Francisco, que por consejo de Don Bosco, está ejerciendo ahora  su ministerio sacerdotal con más dedicación. El mismo Papa le  ha pedido fortalecer la obra de Santa Zita e inspirado  por el Espíritu Santo, funda con la hermana Agostina Gonella,  Las Religiosas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio, dedicadas a  la oración por las almas del Purgatorio. El Padre Bueno  llamó a su presencia al P. Francisco el 27 de  marzo de  1888.

Un siglo después, el 25 de  Septiembre, su Santidad Juan Pablo II lo proclamó beato.



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