Beata Alessandrina



Beata Alessandrina María da Costa

Laica de origen portugués, quien hizo de su vida, un continuo ofrecimiento por la conversión de los pecadores y por la paz del mundo.    Alessandrina  María Costa nace el 30 de marzo de 1904 en Balasar, en la provincia portuguesa de Oporto.

Es una pequeña campesina llena de vida, divertida, afectuosa. A los 14 años se lanza desde de una ventana a cuatro metros de altura del jardín para preservar su pureza, amenazada por unos hombres que habían entrado en la casa.     Las lesiones derivadas de la caída le provocaron una parálisis total que la mantuvo en cama durante más de 30 años, hasta el final de su vida.    Se ofreció como víctima a Cristo por la conversión de los pecadores y por la paz del mundo. Durante cuatro años (1938-42) revivió todos los viernes, durante tres horas, la pasión de Cristo.     En 1936, por orden de Jesús –explica la biografía difundida por la Santa Sede-- solicitó a Pío XII la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María. Renovó su petición varias veces. Finalmente, así lo hizo el Santo Padre el 31 de octubre de 1942, con un mensaje transmitido a Fátima en lengua portuguesa. Este acto lo renovó en Roma en la Basílica de San Pedro el 8 de diciembre del mismo año     Del 27 de marzo de 1942 hasta su muerte (esto es, durante 13 años y 7 meses), no ingirió ninguna otra bebida ni alimento más que la Eucaristía.    Orientada por su director espiritual --un salesiano, Don Humberto Pasquale--, «mi cirineo en las horas más trágicas de mi vida» (1944-48), decía

Alessandrina, se hizo cooperadora salesiana, ofreciendo sus sufrimientos por la salvación de la juventud.     El 13 de octubre de 1955, por la tarde falleció en Balasar, donde se encuentra su sepulcro y adonde acuden multitud de peregrinos.    «Alessandrina es una figura ejemplar, en su sencillez y autenticidad», reconoció el cardenal Jose Saraiva Martins, prefecto de la Congregación vaticana para las Causas de los Santos, pues con su vida ofrece «un estímulo, una motivación para ennoblecer, lo que la vida presenta de doloroso, de triste»     La futura beata hasta 1928 «no dejó de pedir al Señor, por intercesión de la Virgen, la gracia de la curación. «Decía: “Nuestra Señora me ha concedido una gracia aún mayor.

Primero la resignación, después la conformidad completa a la voluntad de Dios, y en fin el deseo de sufrir”. Se remontan a este período los primeros fenómenos místicos --prosigue--, cuando Alessandrina inició una vida de gran unión con Jesús» en los Sagrarios.    «Un día que estaba sola, le vino inesperadamente este pensamiento: “Jesús, tú estás prisionero en el Sagrario y yo en mi lecho por tu voluntad. Nos haremos compañía”. Desde entonces comenzó su misión: ser como la lámpara del Sagrario. Pasaba sus noches “peregrinando” de Sagrario en Sagrario.    Además Alessandrina «fue elegida misteriosamente por el Señor para que se convirtiera en apóstol de la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María», recordó el cardenal Saraiva Martins.    Sobre la sepultura se leen estas palabras que ella quiso: «Pecadores, si las cenizas de mi cuerpo pueden ser útiles para salvaros, acercaos, pasad sobre ellas, pisadlas hasta que desaparezcan. Pero ya no pequéis; ¡no ofendáis más a nuestro Jesús!».



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